Por qué existe A Su Imagen
Hubo un momento en mi vida en que algo cambió.
No fue dramático. No escuché una voz del Cielo o atravesé gran crisis. Fue como un susurro… Fue el Espíritu Santo — por Su gracia, — llevándome hacia respuestas a preguntas que en lenguaje no sabía cómo formular.
Fue descubrir lo que es la formación espiritual.
Eso lo cambió todo.
No solo cómo entendía el cristianismo. Cómo lo vivía.
Por mucho tiempo la fe era un área de mi vida. Un área sumamente importante, sí. Pero un área de muchas otras.
Pero la formación espiritual me hizo ver que Jesús nunca quiso ser simplemente un área de mi vida.
Quiere ser el TODO. El centro. El lugar desde donde todo lo demás emana.
Así que comencé a hacerme una pregunta diferente. No "¿qué haría Jesús?" Sino algo más personal, más difícil, más intimidante:
¿Cómo viviría Jesús mi vida?
En mi familia. En mi trabajo. En mis relaciones. Con las personas que me han hecho daño.
Esa pregunta lo cambia todo.
Ser cristiano no es un boleto para ir al cielo después de morir.
Es una forma de vivir ahora. Hoy. En este día ordinario que tienes enfrente.
Es aprender a vivir cada momento con Su presencia. Encontrar propósito incluso en el sufrimiento. Es ir cambiando, paso a paso, despacio, sin prisa, pero sin pausa, hasta parecernos más a Él.
Es Su promesa hecha vida: “Estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”
Todos los días.
Jesús mismo nos mostró cómo.
Primero reveló el Reino de Dios— le abrió los ojos a la gente, les mostró quién es Dios de verdad y quiénes podían llegar a ser en Él.
Luego los formó — caminó con sus discípulos, no nomás les dio información, sino que fue moldeando su vida, su carácter, su manera de amar y de ver el mundo.
Y al final los envió — a vivir lo que habían recibido. A hacer visible el Reino donde estuvieran. A reflejar a Jesús en todo lugar. Y a invitar a otros a este mismo camino — porque el discipulado siempre se multiplica.
Es el camino que Jesús caminó con los suyos.
Y es el camino que queremos caminar contigo.
¿Para quién es esto?
Si llevas años en la iglesia y algo dentro de ti siente que hay más — este espacio es para ti.
Si te alejaste de la fe porque la versión que conociste te lastimó o te dejó vacío — este espacio es para ti.
Si eres nuevo en este camino y quieres entenderlo bien desde el principio, sin atajos — este espacio es para ti.
Si simplemente sientes un vacío que no has podido nombrar, y algo en ti sospecha que tiene que ver con Dios — este espacio es para ti.
A Su Imagen es un espacio para aprender a ser discípulos en verdad — no nomás leerlo o escucharlo, sino vivirlo. Encarnarlo. En lo ordinario de cada día.
Para saber quiénes somos porque sabemos de quién somos.
Para descubrir que ese vacío que cargamos — esa hambre que no siempre sabemos nombrar — tiene una forma muy específica.
Tiene la forma de Jesús.
Vamos a caminar juntos. Despacio. Con honestidad. Con las preguntas que valen la pena hacer.
Y con la certeza de que Jesús mismo está en este camino con nosotros.
Todos los días.
— Luis Sánchez
En qué creemos:
En A Su Imagen creemos que la humanidad fue creada a imagen de Dios, con el propósito de reflejar Su carácter y participar de Su gobierno en la tierra. La imagen no es solo identidad, sino también función: fuimos diseñados para vivir en comunión con Dios y representar Su Reino en todo lo que somos y hacemos.
Creemos que, a causa del pecado, esta imagen fue distorsionada. La humanidad no dejó de portar la imagen de Dios, pero sí perdió la claridad, la alineación y la plenitud de su diseño original. Como resultado, vivimos en una tensión constante: anhelamos lo que fuimos creados para ser, pero experimentamos la realidad de una naturaleza fragmentada.
Creemos que Jesucristo es la imagen perfecta de Dios, la revelación plena del Padre y el modelo definitivo de lo que significa ser verdaderamente humano. En Él no solo vemos quién es Dios, sino también quiénes estamos llamados a ser. Jesús no solo vino a redimir, sino también a revelar el Reino de Dios y a inaugurar una nueva manera de vivir bajo Su gobierno.
Creemos que la transformación del ser humano es una obra progresiva del Espíritu Santo, quien restaura en nosotros la imagen de Cristo. Esta transformación no es meramente conductual, sino formativa: ocurre desde lo profundo del corazón, renovando nuestra mente, nuestras motivaciones y nuestra manera de vivir. Es un proceso continuo, sostenido por la gracia, en el que somos transformados hacia la semejanza de Cristo.
Creemos que esta transformación tiene un propósito claro: la manifestación del Reino de Dios en la tierra. No somos transformados únicamente para beneficio personal, sino para reflejar a Cristo en lo cotidiano y participar activamente en Su obra redentora en el mundo. La vida transformada se convierte en un testimonio visible del Reino, expresado en amor, justicia, verdad y servicio.
Creemos que este proceso sigue el modelo establecido por Jesús: el Reino es revelado, la vida es formada, y el llamado es a expresarlo. Por eso, entendemos la formación espiritual como un camino que involucra tres dimensiones esenciales: ver con claridad la realidad del Reino, ser transformados a la imagen de Cristo, y vivir de manera que esa transformación se haga visible en el mundo.
Creemos que esta vida no se vive en aislamiento, sino en relación. Aunque la transformación es personal, su expresión es necesariamente relacional. Es en lo cotidiano, en nuestras relaciones y en nuestra influencia donde el Reino de Dios se hace tangible.
Finalmente, creemos que la obra de Dios en nosotros es fiel y continua. Aun en medio de nuestras limitaciones, el Espíritu Santo sigue formando en nosotros la imagen de Cristo, guiándonos hacia una vida que refleje cada vez más Su carácter y Su Reino.
Génesis 1:26–28; Salmos 8:4–6
Génesis 3:1–7; Romanos 3:23; Romanos 7:15–25
Colosenses 1:15; Hebreos 1:3; Mateo 4:17; Juan 14:9
2 Corintios 3:18; Romanos 12:2; Gálatas 4:19; Filipenses 1:6
Mateo 5:14–16; Mateo 6:10; Miqueas 6:8; 2 Corintios 5:20
Marcos 1:15; Mateo 28:19–20; Juan 20:21
Hechos 2:42–47; Hebreos 10:24–25; Juan 13:34–35
Filipenses 2:13; 2 Tesalonicenses 1:11–12; Efesios 2:10