La imagen restaurada

En 1947, el profesor Mauro Pelliccioli se paró frente a uno de los cuadros más famosos del mundo — La Última Cena de Leonardo da Vinci — y vio algo que otros no habían podido ver.

No vio una pintura arruinada. Vio una obra maestra enterrada.

Durante cuatro siglos, el mural había sido dañado por la humedad, el descuido y — lo más trágico — por restauradores anteriores que habían pintado encima del original, capa sobre capa, creyendo que lo mejoraban. Lo que quedaba visible no era Leonardo. Era una acumulación de errores sobre una obra que nadie ya podía ver. Pelliccioli pasó dos años quitando esas capas. Con un bisturí, un milímetro a la vez. Con paciencia de cirujano y amor de artista. Y cuando terminó, el mundo vio colores que llevaban 400 años ocultos. El original de Leonardo había estado ahí todo el tiempo — esperando ser encontrado.

Pablo, escribiendo a los efesios, dice algo que me parece uno de los versículos más extraordinarios de toda la Escritura:

Somos Su obra maestra, creados de nuevo en Cristo Jesús, para hacer las cosas buenas que Dios preparó para nosotros tiempo ha.

Efesios 2:10

Su obra maestra.

No Su proyecto. No Su trabajo en progreso. Su obra maestra. Eso fuimos desde el principio — creados a Su imagen, portadores de algo de Él en nosotros: Su capacidad de amar, de crear, de relacionarnos, de vivir con propósito. Eso no cambió cuando el pecado entró. Lo que cambió es que, capa sobre capa — el dolor, las mentiras, las heridas, nuestras propias decisiones — esa imagen fue quedando enterrada. Irreconocible para nosotros mismos. Y es ahí donde entra Jesús.

En las primeras dos reflexiones de esta serie nos hicimos dos preguntas difíciles. ¿Dónde estás? — la que Dios le hizo a Adán cuando la imagen se rompió. Y ¿quién eres? — la que nos hacemos cuando las mentiras han distorsionado tanto lo que vemos en el espejo que ya no reconocemos al que está ahí. Hoy llega la respuesta. Y la respuesta no es un concepto. Es una persona.

Pablo lo dice a los colosenses con una precisión que debería detenernos:

Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.

Colosenses 1:15

No dice que Jesús se parecía a Dios. Dice que es la imagen de Dios. El autor de Hebreos lo dice de otra manera: Jesús es "el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza." La palabra griega que usa es charaktēr — el sello en cera, la impresión exacta del original. Y cuando Felipe le pide a Jesús "muéstranos al Padre", Jesús no lo lleva a un templo ni le pide que ore más. Le responde con algo que debería quitarnos el aliento:

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.

Juan 14:9

Jesús es la respuesta a la pregunta que llevamos desde el Génesis. ¿Cómo es Dios realmente?

Mira a Jesús. ¿Cómo se ve la imagen de Dios en un ser humano sin capas encima, completo y sin distorsión? Mira a Jesús. Él no solo vino a mostrarnos quién es el Padre — vino a mostrarnos quiénes somos nosotros cuando la imagen está restaurada. En Él vemos al humano completo: alguien que vive en confianza perfecta con el Padre sin necesitar ganarse Su amor, que ama sin agenda, que perdona sin llevar cuentas, que descansa sin culpa, que camina por el mundo sin necesitar la aprobación de nadie para saber quién es.

Y aquí quiero decir algo importante, porque hay una versión del cristianismo que convierte esto en una carga insoportable. Que dice: mira a Jesús, ahora sé como Él, ¿por qué no lo eres ya? Eso no es lo que enseñó Jesús. Cuando llamó a sus discípulos no les dio un manual de instrucciones. Caminó con ellos. Los dejó ver cómo vivía. Les habló en parábolas que necesitaban tiempo para abrirse, como flores. Los corrigió con paciencia. Los restauró cuando fallaban. El proceso fue lento, orgánico, lleno de gracia.

Dallas Willard lo decía de una manera que nunca se me olvida: la salvación no es solo un boleto al cielo. Es la restauración de la imagen de Dios en nosotros. Volver a ser lo que fuimos creados para ser.

Y Pablo nos dice cómo ocurre esa restauración:

Y nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor.

2 Corintios 3:18

¿Ves lo que dice?

La transformación no ocurre por esfuerzo. Ocurre por contemplación.

Nos transformamos en lo que contemplamos. El secreto no es intentar más fuerte — es mirar más profundo.

Volvamos a Pelliccioli. Él no le exigió a la pintura que se restaurara sola. Se sentó frente a ella. La estudió con atención. Le dedicó tiempo. Y con paciencia — sin prisa, sin forzar — fue revelando lo que estaba debajo. La obra maestra no necesitaba ser creada de nuevo. Solo necesitaba ser encontrada.

Eso es lo que propone la formación espiritual. No esfuérzate más — siéntate frente al original. Lee los evangelios despacio. Observa cómo Jesús trata a la mujer sorprendida en adulterio. Cómo responde a los fariseos. Cómo llora frente a la tumba de Lázaro. Cómo ora en el huerto de Getsemaní. Cuanto más lo contemplas, más empieza el Espíritu a revelar en ti lo que siempre estuvo ahí. No porque seas disciplinado.

Sino porque así funciona el amor: nos transformamos en lo que amamos.

La obra maestra no está perdida. Está siendo restaurada. Y el que comenzó esa obra — a diferencia de todos los restauradores que vinieron antes — no comete errores.

Referencias

Pelliccioli, M. (1947–1954). Restauración de La Última Cena, Leonardo da Vinci. Santa Maria delle Grazie, Milán.

Willard, D. (1988). The Spirit of the Disciplines. Harper & Row.

Wright, N.T. (2003). The Resurrection of the Son of God. Fortress Press.

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